Mayo 2025
2014. Hojas, arilo y semilla de tejo. Parque de El Retiro, Madrid. 2014. Fotografía: Jose Borrell Brito © Jose Borrell Brito
El tejo, un ejemplo de árbol urbano con tradición de usos y aprovechamientos
Gran parte de los árboles presentes en nuestras ciudades, son representantes de especies que se han empleado históricamente para muy distintos fines.
En las calles, parques, plazas y otros espacios públicos podemos encontrar árboles autóctonos y alóctonos que se han aprovechado tradicionalmente gracias a sus propiedades medicinales o cosméticas, etc. Un ejemplo es el tilo (Tilia platyphyllos), cuyas flores se toman en infusión con efecto sedante y antiespasmódico, o el nogal (Juglans regia), de hojas astringentes, que favorecen la digestión y que se utilizan para combatir la diabetes.
Algunos árboles han sido aprovechados por ser fuente de alimentos tanto para las personas como para el ganado. Es el caso del olivo (Olea europaea), del que se obtienen aceitunas y aceite. También la encina (Quercus ilex), cuyas bellotas han alimentado tradicionalmente al ganado. Otro ejemplo es el almendro (Prunus dulcis), que produce las almendras, muy utilizadas en repostería.
Otros árboles se han empleado en la construcción, la ebanistería o la artesanía. Entre ellos se encuentran el acebo (Ilex aquifolium), de madera dura, utilizada en la fabricación de aperos y herramientas o el pino piñonero (Pinus pinea), muy habitual en trabajos de carpintería. Algunas especies destacan además por ser buenos combustibles. Es el caso de la encina, productora de leña y carbón vegetal.
Finalmente, muchos árboles poseen un significado ritual, simbólico, religioso o mágico en diversas culturas, como el ciprés (Cupressus sempervirens), que está tradicionalmente asociado a los cementerios; el laurel (Laurus nobilis), cuyas hojas se usaban en la antigüedad para hacer coronas y ensalzar a héroes y vencedores; o el olmo (Ulmus minor), que ha sido durante siglos un árbol de reunión en plazas y pueblos.
De hecho, muchas de las plantas que se usan hoy en día en el ámbito de la jardinería son especies que se cultivaban en ambientes rurales y urbanos dado que ofrecían un complemento alimenticio (frutales plantados en ambientes periurbanos como higueras, almendros o nogales) o servían como medicinas (muchas plantas aromáticas cultivadas a modo de botica al aire libre junto a los huertos).
En la actualidad apreciamos en el arbolado urbano su función ornamental, de regulación térmica y de creación de espacios para socializar, pero, en general, hemos perdido la perspectiva y el vínculo funcional que originariamente unía a las poblaciones humanas con esas especies.
Un ejemplo de estos árboles es el tejo (Taxus baccata), conífera de la familia de las taxáceas que ha sido empleada tradicionalmente por sus propiedades medicinales, por la calidad de su madera y a la que se han atribuido numerosas propiedades simbólicas. En el caso de la ciudad de Madrid, por ejemplo, podemos encontrar ejemplares de tejo de gran porte en muchos parques (como en El Retiro o en el Parque del Oeste), en forma de setos o dispersos en praderas y zonas verdes.
El tejo es un árbol de hoja perenne, aunque en ocasiones puede crecer con porte de gran arbusto. Puede alcanzar los 10 o 15 metros de altura y presenta una copa que puede ser cónica o redondeada. Sus hojas son estrechas y alargadas, de entre 1 y 3 centímetros de longitud. Tienen el borde liso, son de color verde intenso por la parte superior y más claras por la inferior. Se disponen ordenadas a ambos lados de las ramas, formando una especie de plano.
Las flores masculinas y las femeninas aparecen en árboles distintos. El fruto es pequeño, de unos pocos milímetros, y contiene una semilla rodeada por una cubierta carnosa de color rojo muy llamativa, llamada arilo, que deja asomar ligeramente la punta de la semilla (como se puede apreciar en la imagen que ilustra esta Pieza).
El tejo crece muy despacio, y precisamente ese crecimiento lento es una de las razones por las que su madera ha sido tan apreciada desde antiguo, dado que da a la madera flexibilidad y resistencia.
Es una especie autóctona que se encuentra de forma natural en gran parte de Europa, el oeste de Asia y el norte de África. En la Península Ibérica es más frecuente en la mitad norte, mientras que hacia el sur aparece sobre todo en zonas de montaña.
Crece entre los 500 y los 2.000 metros de altitud, normalmente en lugares sombríos. Necesita bastante humedad y resiste bien los climas fríos, aunque las heladas tardías pueden perjudicarle. Puede crecer en suelos muy variados.
También se cultiva en jardinería, generalmente como árbol aislado y, con menos frecuencia, formando setos. Además, existen numerosas variedades cultivadas con formas y tamaños diferentes.
Los usos del tejo son tremendamente variados. Uno de sus principios activos, el paclitaxel, se emplea en tratamientos anticancerígenos. Cabe destacar que en Taxus baccata este compuesto se encuentra sobre todo en las ramas y las acículas, lo que ha permitido su extracción sin necesidad de matar a los ejemplares de tejo (a diferencia de lo que ocurre con su congénere, Taxus brevifolia, que, hasta que se consiguió sintetizar la molécula, vio peligrar sus masas forestales debido a las talas para su obtención al tener el principio activo distribuido por la planta).
La madera del tejo es muy valorada por su durabilidad y flexibilidad. Se usaba en la fabricación de lanzas, arcos y flechas (incluso se ha empleado para la construcción de sarcófagos). También es apreciada para diversos trabajos de ebanistería, tornería y artesanía.
Se le atribuyen propiedades mágicas, como funcionar como pararrayos, colgando unas ramas en las puertas de las casas. También se decía que dormir bajo él puede causar la muerte. Tradicionalmente se ha plantado en cementerios, iglesias y zonas con significación ritual. La expresión «tirar los tejos» parece estar relacionada con la antigua costumbre de tirar sus semillas para llamar la atención…
Hay que destacar que es una planta muy venenosa. La única parte no venenosa es el arilo que recubre la semilla. No es recomendable ni siquiera consumir esa parte debido al riesgo de ingerir la semilla.
Consideramos que contribuir al reconocimiento del patrimonio natural de nuestra ciudades, fomentando el aprecio por estos árboles y la conciencia sobre su papel en la sostenibilidad urbana, generaría un beneficio colectivo, reforzando la relación entre ciudadanía y naturaleza y promoviendo una cultura urbana más respetuosa y saludable. El tejo es un buen ejemplo de ello.
José Borrell Brito es licenciado en Biología por la Universidad Autónoma de Madrid, es socio de Grupo Heliconia, experto en educación ambiental y en el desarrollo de proyectos formativos y divulgativos. Ha contribuido al Museo Virtual de Ecología Humana con las Piezas del mes La diversidad de aves, indicador de calidad de vida en las ciudades (enero de 2019) y Plantas silvestres urbanas: no tan malas hierbas (junio de 2024). Es autor de la guía y cartel Hierbas silvestres urbanas de Madrid: una aproximación cultural, materiales editados por la Asociación para el Estudio de la Ecología Humana en colaboración con la cooperativa Grupo Heliconia gracias al patrocinio de la Fundación Asisa.