Un ciclo vital exclusivo nos hace humanos

Un ciclo vital exclusivo nos hace humanos
2500 a. C. «Ídolo de Extremadura», figura oculada de alabastro del Calcolítico, Valle del Guadalquivir (Extremadura, España). Foto: Verónica Schulmeister Guillén © Museo Arqueológico Nacional

Un ciclo vital exclusivo nos hace humanos

Otro rasgo enseguida señalado como humano (fijémonos de nuevo en los dibujos animados) es tener una cara con los ojos situados en un mismo plano, en lugar de tener un hocico prominente con los ojos laterales, como en la mayoría de los mamíferos. Ello nos permite expresar y percibir emociones faciales, cualidades que compartimos con el resto de primates, como puso de manifiesto Darwin en su libro The Expression of the Emotions in Man and Animals, obra de 1872, clara continuación de The Descent of Man and Selection in Relation to Sex y en la que expresó que no había Rubicón alguno entre los humanos y resto de primates en cuanto a las emociones y las moral.

La reducción olfatoria y la especialización visual (que fue lo que impulsó inicialmente la encefalización primate) determinaron la aparición de caras en los primates. Pero es también exclusivamente humano (como demostró Michael Tomasello y sus colaboradores) ser capaces de apreciar la dirección de la mirada en nuestros congéneres debido a que tenemos la esclerótica blanca y grande en comparación con el iris. Cualidad ausente en nuestros parientes primates, debió de favorecer coordinar actividades colaborativas, un recurso estratégico en nuestra historia evolutiva. Desde una perspectiva evolutiva que solo valorase la supervivencia individual, se trataría de un «acertijo adaptivo», dado que favorece al congénere que aprecia la dirección de la mirada, no al sujeto que mira, que se delataría sobre una fuente de peligro o de alimento. Sin embargo, esta peculiaridad humana encuentra su explicación si consideramos que la cooperación (la «ayuda mutua» de Piotr Kropotkin) fue el factor determinante que permitió a nuestros ancestros de Homo ocupar las sabanas de África del Este en el contexto ecológico de empeoramiento climático global de hace unos dos millones de años, que en esa parte del planeta determinó un ecosistema más seco, de marcada estacionalidad y creciente inestabilidad.

Aunque la cooperación encauzó nuestra historia evolutiva, los rasgos que siempre pasan desapercibos a la hora de comprendernos como humanos son aquellos sobre los que se construye nuestra extrema sociabilidad, los ontogenéticos, los relativos al hecho de tener un ciclo vital exclusivo de nuestra especie. En primer lugar, tenemos el ciclo vital más prolongado entre los mamíferos: crecemos muy lentamente y tenemos una larga longevidad adulta, de en torno a los 100 años.  Además, nuestro ciclo vital incluye nuevas etapas (la niñez, la adolescencia) y características distintivas respecto a los primates no humanos (la extrema dependencia al nacer, la llamada «altricialidad secundaria»; y el largo período posreproductor en las mujeres).

Otros rasgos anatómicos o fisiológicos que también son exclusivos de nuestra especie y que se asocian con el reto de subsistir en la sabana pasan igualmente desapercibidos. Son los relacionados con nuestra piel: la pigmentación, la pérdida de pelo corporal denso, y la sudoración como mecanismo de refrigeración, críticos para nuestra supervivencia en un hábitat de extrema insolación. O aquellos que —como la percepción de la mirada— se derivan de la adopción de estructuras sociales cooperativas en nuestros ancestros: la reducción de las diferencias en tamaño corporal entre machos y hembras (el dimorfismo sexual, que es el menor entre los primates), y la carencia de indicios externos de ovulación y de época de celo (estro). [Carlos Varea]