El paradigma de la transgresión (y III)
En España, la vigilancia de la frontera era desempeñada desde el siglo XIX por el cuerpo de carabineros, integrado en el ejército republicano; mientras que en Portugal eran los guardias fiscales (guardinhas, en portugués), muy similares a los carabineros, los encargados de vigilar el otro lado de la frontera. Ambos vivían en o alrededor de los puestos y casetas de vigilancia repartidos a lo largo de la línea fronteriza y situadas en determinados puntos estratégicos. Estos puestos cumplían también la función de aduanas rurales para el control de personas y mercancías; para transitar de un país a otro había que contar con el permiso del comandante del puesto y pasar a determinadas horas del día.
Las parejas de carabineros salían de los puestos al encuentro de otras parejas aposentadas en la línea de frontera y reforzaban el servicio durante la noche. En las casetas vivían los cabos o sargentos que ejercían de comandantes del puesto, mientras los carabineros y sus familias vivían en chozos rústicos, diseminados alrededor del puesto. Con el paso del tiempo, a estos puestos de vanguardia solo se destinaba a los guardias solteros y más tarde aún los puestos fronterizos se abandonaron, trasladándose sus efectivos a cuarteles ubicados en poblaciones cercanas a la frontera.
Después de la Guerra de 1936 a 1939 y en parte como represalia por no haber secundado inmediatamente el intento de Golpe de Estado, el cuerpo de carabineros se fusionó con la guardia civil, dentro de la que se creó un cuerpo especializado en la vigilancia de la frontera: los denominados «Tercios de Frontera».