Septiembre 2026
1931. Boris Karloff y Marilyn Harris en un fotograma de la película 'El doctor Frankenstein', dirigida por James Whale en 1931, dos seres igualmente desvalidos © 1931 Universal Pictures
Frankenstein y la ética terrestre
Como sabemos, una de las hipótesis no confirmadas sobre el origen de la pandemia homicida que asoló el planeta en 2020 lo sitúa en el laboratorio bioquímico de la ciudad china de Wuhan, de donde el virus se habría escapado por accidente en el curso de una investigación. La ciencia manipula desde hace décadas toda clase de virus con propósitos médicos, pero con potenciales usos terroristas y militares. A principios del mes de agosto de este año de 2026 se ha anunciado la creación, mediante modelos de Inteligencia Artificial (IA), de dieciséis nuevos virus que ni a Dios ni a la Naturaleza se le habían ocurrido hasta ahora. El objetivo es el de combatir bacterias cuya resistencia creciente a los antibióticos ponen en peligro la vida humana. El problema es que, para lograr esta hazaña, los científicos del Arc Institute han tenido que violar reglas elementales de la herencia genética, recurriendo a una proteína ajena a la propia rama evolutiva. ¿Saldrá bien o saldrá mal? Como dice la escritora Marta Peirano en su artículo Dieciséis virus sintéticos, «no hace falta saberse de memoria El jovencito Frankenstein para intuir que una pequeña alteración del orden natural de las cosas puede tener consecuencias imprevistas».
Mary Shelley nació en 1796, hija de una pionera del feminismo y de un intelectual ilustrado, mujer del poeta Percey Shelley e íntima amiga de lord Byron. Su vida, desde luego, merece una novela, pero ella es conocida, con independencia de sus parentescos, por la que escribió en 1816, cuando contaba apenas veinte años: Frankenstein o el nuevo Prometeo, matriz de un mito que sigue interpelándonos en nuestros días. Todos recordamos la historia: un joven científico suizo consigue devolver la vida a una criatura compuesta de retales de cadáver; quiere ser «el mayor benefactor de la humanidad», pero su aventura transgresora pone en el mundo al «monstruo» que arruinará su vida.
La inspiración del relato se remonta a principios del siglo XIX, una de las épocas más revolucionarias, en todos los sentidos, de la historia de la humanidad. En términos científicos, la electricidad, la máquina de vapor, el pararrayos, la automatización de la producción textil, habían generado un clima de optimismo prometeico inseparable, como su cara incusa, de la miseria de las ciudades y el desarraigo violento del medio rural. «Lo sólido se disuelve en el aire», proclamaría un joven Marx años más tarde, en 1848, en su Manifiesto comunista. Mary Shelley, con precoz clarividencia, advierte en su novela contra los peligros de la extralimitación humana, lo que los griegos antiguos llamaban «hybris», esa sed de superación que la propia autora, en el título, asocia a la figura de Prometeo, castigado por los dioses por robar el fuego del Olimpo. Mary Shelley escribe, en efecto, en plena revolución industrial, cuando los dioses griegos (y el propio Yahvé) han dejado de existir, como anuncia el famoso poema de Schiller de 1788. Lo que a ella le preocupa es lo que los humanos pueden hacer en ausencia de los dioses, cuando los dioses no miran o contra las leyes naturales prescritas por los dioses. En junio de 1816, tras una conversación acalorada con Byron y con su marido sobre la nueva ciencia, citada en el prólogo de 1831, tiene la visión de la que nacerá su Frankenstein: ve confusamente despertar de su muerte un «horrible fantasma» y se siente aterrorizada, pues —dice— «sólo puede ser aterrador el efecto de cualquier esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del creador del mundo».
El siglo XIX es el siglo de Prometeo, es decir, del Progreso con mayúsculas, en el que creen sin reservas incluso Marx y Darwin, los dos gigantes de la centuria: la fuerza eficiente de la ciencia y la tecnología transforman sin cesar el mundo, o eso se cree, hacia cotas crecientes de bienestar. El siglo XX, en cambio, tiene ya dos caras: es el de los antibióticos, sí, pero también el de la bomba atómica, asociada a la carrera armamentística en el contexto de la segunda guerra mundial, cuyo colofón es precisamente la destrucción de Hiroshima y Nagasaki: el arma nuclear produce monstruos calcinados por la radiación y que caminan extraviados en medio de la niebla, entre harapos, como el propio monstruo de Frankenstein. En cuanto al siglo XXI, hace realidad el anticipo del físico Eugene Wigner, miembro del Proyecto Manhattan, cuando escribió sobre el átomo: «estábamos descubriendo algo que ni siquiera Dios había creado» (según cita Labatut en su fascinante Maniac). Nuestra fe en el progreso se ha quebrado; ya no escribimos la palabra con mayúscula. Sindemias, cambio climático, policrisis antropológica y social, los humanos ya no vemos venir hacia nosotros un futuro cargado de nuevas maravillas consoladoras. Ahora la IA, capaz de sintetizar nuevos virus, parece asimismo capaz de liberar en el mundo un monstruo sin cuerpo; es decir, una inteligencia y quizás una conciencia no dotadas de vida orgánica.
La novela de Mary Shelley contenía, si se quiere, dos advertencias: una en torno a los peligros de la ciencia desinteresada; el otro sobre los peligros de un mundo sin amor. Los dioses, tras su transgresión civilizadora, ataron a Prometeo a una roca. El nuevo Prometeo, sugiere Mary Shelley, está desencadenado o a punto de desencadenarse. Eso es lo que han hecho, cada vez más deprisa, las sucesivas revoluciones científicas de los últimos cien años, en las que la sed desinteresada de conocimiento se ha puesto al servicio del interés —económico o geoestratégico— de las grandes potencias mundiales. Prometeo ha sido desatado por una combinación difícil de detener, porque se alimenta a sí misma, de una fuente a otra, a escala casi exponencial.
Pero difícil de detener asimismo porque ha desenganchado el cuerpo humano de lo que yo he llamado «los límites de la ética terrestre». Esta es la segunda advertencia del Frankenstein de Mary Shelley. Los trabajos de Victor Frankenstein, vistos desde el presente, parecen —he escrito en otra parte— de una ingenuidad conmovedora, pero en realidad —y por eso el mito sigue vigente— franquean el paso a una ciencia que, en los últimos cien años y en virtud de sus propios éxitos, se ha liberado de los límites terrestres para emprender la obra de una nueva creación, sin dioses ni naturaleza, respecto de la cual los cuerpos humanos seríamos ya solo apéndices u obstáculos o, en el mejor de los casos, excipientes inertes sin ningún valor eficiente. Esa ciencia, subsidiaria de los grandes medios que solo puede proporcionar el capitalismo y necesariamente traducida en soportes tecnológicos, prefigura un mundo posthumano que descabala de hecho los principios éticos y jurídicos que a duras penas se habían logrado arrancar en el seno del Neolítico. El proyecto de colonización de Marte —donde no estarían vigentes las leyes terrestres— sintetiza la peligrosísima utopía de unas élites tecnológicas que aspiran a no ser frenadas por ningún obstáculo natural.
Es verdad que, en el caso del ser humano, es muy difícil saber cuál es nuestra naturaleza. «Perdida nuestra verdadera naturaleza, todo es nuestra verdadera naturaleza», decía el filósofo Pascal en sus Pensamientos. Nuestra naturaleza, ¿es el cuerpo o es la IA? ¿Queremos —es decir— una ciencia ceñida a límites terrestres o desenganchada, como el nuevo Prometeo, de toda limitación? Este es quizás el dilema civilizacional que anticipó Mary Shelley y que compete decidir hoy a nuestra generación. Mientras amemos y nos muramos, el cuerpo tendrá siempre algo monstruoso: todos, podríamos decir, somos monstruos de Frankenstein: frágiles y amenazadores. ¿Debe ser esa la medida humana de nuestras leyes y nuestra ciencia? ¿La fragilidad y el miedo a la muerte? ¿O cabe pensar —y sería preferible— una humanidad desencarnada y una ciencia centrada exclusivamente, como la vieja alquimia, en la búsqueda de la inmortalidad? Es un conflicto en el que, me temo, no cabe la neutralidad.
Santiago Alba Rico es escritor y ensayista. Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Fue guionista en los años ochenta del mítico programa de televisión La bola de cristal. Ha publicado casi treinta libros sobre política, filosofía y literatura, así como tres cuentos para niños y una obra de teatro. Colabora habitualmente con distintos medios de comunicación (Público, CTXT, eldiario.es, El País, entre otros). Sus últimos libros son Catorce palabras para después del capitalismo (CTXT, 2023), España (Lengua de Trapo, 2021), De la moral terrestre entre las nubes (Pepitas de Calabaza, 2023) y Elogio de la literatura. Obras paralelas (Akal, 2026). En 2024 recibió el XXXIV Premio Gil de Biedma por su poemario Caídas.
Para saber más
Shelley S. 2018. Frankenstein, Akal, Madrid, edición, prólogo y notas de Leslie S. Klinger, traducción de Lucía Márquez de la Plata.
Alba Rico S. 2107. Ser o no ser (un cuerpo), Seix Barral, Barcelona.
Alba Rico S. 2023. De la moral terrestre entre las nubes, Pepitas de Calabaza, Logroño.
Alba Rico S. 2026. Elogio de la literatura. Obras paralelas, Akal, Madrid.
Hadot P. 2003. El velo de Isis, Alpha Decay, Barcelona, traducción de María Cucurella Miquel.
Herrero Y. 2021. Ausencias y extravíos, Libros en acción y escritos contextatarios, Madrid.
Labatut B. 2023. MANIAC, Anagrama, Barcelona.
Peirano M. 2022. Contra el futuro, Debate, Madrid.