Magia erótica y acusaciones judiciales

Magia erótica y acusaciones judiciales
Siglo II a.n.e. Papiro con un contrato matrimonial procedente de Oxirrinco (PSI I 64). Entre las cláusulas del acuerdo la mujer se compromete a no administrar bebedizos mágicos a su marido. Imagen PSIonline (2024) © ‘Biblioteca Medicea Laurenziana’, Florencia

Magia erótica y acusaciones judiciales

II La magia en la vida cotidiana de las mujeres

La magia no parece que fuera objeto de condena legal en la Grecia clásica o helenística. En los casos en los que la literatura griega ofrece testimonio sobre las consecuencias legales de administrar un bebedizo con resultado de muerte, la condena es por homicidio, no por haber realizado magia.

La intencionalidad y el conocimiento del arte parece que podían inclinar la balanza de la justicia a la hora de juzgar con pena capital a quien administrase un bebedizo. El propio Platón (Leyes 932e y ss.) dice que, en caso de envenenamiento (sea por bebedizos o por artes mágicas), la ley debería responsabilizar no tanto a quien utiliza los venenos sino a quien sabe elaborarlos. En este sentido, Sófocles en Traquinias (v. 1136) parece excusar a Deyanira cuando pone en boca del coro que esta se sirvió del filtro mágico con la mejor de las intenciones.

También los testimonios griegos existentes sobre condenas legales por el uso de bebedizos con resultados fatales parecen recaer siempre sobre mujeres. Gracias a Demóstenes (25.79-80), Plutarco (Dem. 14) y Harpocración (s.v. Theôris) conocemos el caso de Teóride de Lemnos, acusada de ser hechicera o envenenadora, quien fue condenada a muerte junto con su familia por suministrar un bebedizo a un hombre con resultado mortal. Nino (Demóstenes 39.2 o 19.281), sacerdotisa de ritos mistéricos, fue condenada a muerte por la misma razón. El miedo a que la mujer administrara bebedizos era tan real que incluso podía registrarse en los acuerdos matrimoniales, tal como ilustra el papiro PSI I 64, un juramento de matrimonio en el que podemos leer: 

«No me uniré a ningún otro hombre, como lo hacen las mujeres, excepto a ti, y no te administraré ningún filtro amoroso, ni nada maléfico, ni en bebida ni en comida.»

 

Raquel Martín Hernández y Miriam Blanco Cesteros