Noviembre 2026

La gestión de la madera quemada tras un incendio forestal

Los incendios han arrasado un total de 1.283.185 hectáreas en España durante la última década. Buena parte de lo quemado se corresponde con terreno forestal, afectando de manera notable al cuadrante noroeste de la península ibérica, con Ourense, León y Zamora a la cabeza. En la última década, tres años concentran un alto número de grandes incendios (aquellos que superan las 500 hectáreas): el año 2022, con 50, el año 2025 con 24 y, finalmente, el año 2026 con 38. Estos incendios, llamados de «sexta generación», suponen una dificultad extrema para su extinción con los medios actuales disponibles. Debido a las condiciones de temperatura, humedad y viento en los que se desarrollan, así como la propia dinámica climática que generan por la gran cantidad de calor liberado, hacen que no puedan apagarse y su gestión prioriza la protección de los entornos rurales o urbanos, en perjuicio de las masas forestales que se queman de forma irremediable.

Una vez acaban los incendios, los políticos prometen rápidas actuaciones para compensar los daños de estos. La primera medida que aplican las Comunidades Autónomas en España —que son quienes tienen competencias para ello— es firmar decretos permitiendo la corta de la madera quemada, tanto en terrenos públicos como en los privados. La madera vendida permite obtener ingresos inmediatos para compensaciones o indemnizaciones para paliar las pérdidas de la ganadería, la agricultura o el turismo. Sin embargo, la evidencia científica es clara: mantener los troncos quemados en el terreno contribuye a acelerar la recuperación del ecosistema y favorece la regeneración natural del monte, lo que lleva a pensar que estas licitaciones excepcionales responden más a intereses económicos que a criterios científicos.

Durante los últimos años ha habido muchas experiencias de regeneración natural de montes quemados acometiendo políticas de intervención poco agresiva con la madera quemada. En el terrible incendio de Riba de Saelices, Guadalajara, de julio de 2005, se quemaron 13.000 hectáreas y murieron once personas del operativo de extinción. Veinte años después, existen amplias zonas donde la regeneración natural ha sido un éxito, liderada por las especies autóctonas que rebrotan al poco tiempo de la extinción del incendio. En otras, sin embargo, se aplicó la retirada de madera quemada y se plantaron pinos de manera exclusiva, presentando un perfil en la flora totalmente diferente a las zonas de regeneración natural. Otros factores como el aumento del pastoreo, la diversificación de especies en las repoblaciones o la creación de claros en el bosque para generar pastos, también favorecen la recuperación de los bosques quemados. En incendios recientes, como el de Lozoyuela, en la Comunidad de Madrid, en julio de 2026 o El Berrueco (en esta misma Comunidad Autónoma) en julio de 2019, se puede apreciar la regeneración natural con una variedad de especies autóctonas, incluyendo el Pinus pinaster.

La madera está compuesta por muchos de los elementos químicos necesarios para la vida (nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, hierro, manganeso, boro, etc.) y constituye en forma de troncos, ramas y raíces alrededor del 95 % de la biomasa de un árbol. Su descomposición y la lenta incorporación de estos minerales al suelo representan una ventaja para el monte quemado, ya que aportan de manera progresiva los elementos esenciales que necesitan las nuevas plántulas. Además, sirven de alimento directo para numerosos organismos como hongos e insectos, que a su vez sostienen a otros animales como aves, reptiles y mamíferos. La madera muerta forma parte de la cadena trófica que alimenta al resto de los habitantes del bosque, siendo un componente fundamental de la biodiversidad de nuestros bosques y montes.

La corta y extracción de madera quemada se realiza mediante la tala rasa, que implica la eliminación de todas las plantas de la zona. Esto agrava el impacto del incendio, retrasando la regeneración natural, empobreciendo la biodiversidad futura, reduciendo la materia orgánica disponible y aumentando la erosión y la degradación del suelo. El uso de maquinaria pesada, la apertura de nuevas pistas forestales y la preparación del terreno, incrementan significativamente los procesos de erosión hídrica y mecánica, favoreciendo la pérdida de las capas superficiales del suelo y dejando al descubierto capas más profundas con abundancia de minerales y ausencia de humus, comprometiendo la capacidad de recuperación ecológica del ecosistema.

Por otra parte, la primera temporada de lluvias tras el incendio actúa como un factor amplificador de estos impactos, acelerando la exportación de sedimentos. La presencia de troncos caídos actúa como barrera natural que ralentiza el flujo superficial del agua de lluvia, mejorando la capacidad de infiltración del suelo y recargando los acuíferos locales.

De este modo, los troncos quemados, tanto en pie como caídos, ayudan a retener el suelo, la ceniza y la hojarasca, evitando que el viento y las lluvias arrastren los nutrientes y previniendo así la erosión hídrica y eólica. Las copas de los árboles quemados pueden proporcionar sombra parcial al sotobosque, lo que ayuda a moderar la temperatura del suelo y a reducir la evaporación de la humedad, beneficiando a las especies en desarrollo. Asimismo, los troncos quemados disminuyen la velocidad e impacto de las gotas de lluvia, lo que reduce significativamente la erosión del suelo tras el incendio y ayudan a retener la humedad en la base, lo cual es vital para el desarrollo de nuevas plántulas.

Muchas semillas están adaptadas al fuego, pues dependen de las altas temperaturas del fuego para poder germinar y de otra forma permanecerían latentes. Este fenómeno se conoce como serotinia o «germinación inducida por calor». Las partes subterráneas (raíces y rizomas) de muchas plantas que sobreviven al incendio contienen yemas latentes. Estas esperan condiciones favorables, como las primeras lluvias tras el fuego, para rebrotar con fuerza. El pisoteo y la descarnación o compactación del suelo por el paso de maquinaria pesada son perjudiciales porque rompen o se llevan estos brotes y semillas que están listos para la regeneración. Por otra parte, los troncos quemados son perforados por aves carpinteras y otras especies para crear nidos y refugios, además de servir de posaderos y atalayas. La aves que los usan contribuyen a la dispersión de semillas, facilitando una rápida regeneración del suelo.

La madera quemada es un pilar fundamental para la recuperación de la vida en la zona afectada. Sirve como alimento primario para una gran cantidad de organismos detritívoros (que se alimentan de materia muerta), incluyendo escarabajos xilófagos (comedores de madera), termitas y larvas de moscas y polillas. La abundancia de insectos en la madera muerta atrae a numerosas especies de aves insectívoras, que encuentran en estos bosques quemados una importante fuente de alimento.

Sus troncos caídos y quemados ofrecen refugio y microclimas estables. Debajo de ellos o dentro de su madera en descomposición encuentran hogar los anfibios, reptiles, pequeños mamíferos e innumerables invertebrados.

En conclusión, es mejor no retirar los fustes quemados, excepto aquellos que representen un peligro inminente para personas, viviendas o caminos. Hacer exclusivamente actuaciones de emergencia para el control de la erosión con barreras y fajinas. En ningún caso introducir maquinaria pesada para no compactar el suelo, no alterar el régimen hídrico, no dañar los rebrotes ni el banco de semillas autóctono, y proteger los refugios de fauna. No acometer plantaciones o restauraciones forestales a corto plazo. No esparcir paja u otros materiales provenientes de zonas alejadas, para evitar el riesgo de introducir especies exóticas o invasoras que puedan dañar el ecosistema local y, finalmente, esperar el primer año tras el incendio para evaluar la regeneración natural, el banco de semillas y la capacidad de rebrote antes de planificar cualquier acción a largo plazo.

 

Víctor Cuevas, licenciado en Magisterio y posgraduado en Psicopedagogía, orientador educativo jubilado, es miembro de ARBA (Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono), entidad que desde 1986 trabaja por la protección y la recuperación de los bosques y paisajes autóctonos. ARBA cuenta con treinta y cinco grupos en todo el Estado español con autonomía propia y objetivos comunes. Recientemente, ARBA fundó la Plataforma Ecologista Madrileña junto con otras organizaciones de defensa del territorio en la Comunidad de Madrid.

 

Para saber más

Caballero L. 2022. La madera muerta no es basura: por qué retirarla perjudica el bosque. The Conversation.

EpDATA. 2026. Incendios forestales en datos, estadísticas y cifras. EpData

Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino. 2008. Técnicas de preparación del suelo para repoblaciones forestales en ambientes áridos y semiáridos. Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, Gobierno de España.

Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico. Varios años, Anuarios de estadística forestal. Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico. Gobierno de España.

Ortega MA. 2026. Consecuencias de extraer los árboles tras un incendio. Reforesta.

Plataforma Ecologista Madrileña. 2026. ARBA ante la retirada de los árboles quemados después de un incendio. Plataforma Ecologista Madrileña.

Vieira D, Girona-García A, Kastridis A, Martins M. 2026. A post-fire management strategy for the EU. Fire Ecology: 22, 63.

VV AA. 2018. Guía de actuaciones en una zona quemada. Sociedade Galega de Historial Natural.