Junio 2026

Empegas y marcas de herramientas en la Serranía de Guadalajara

Durante siglos, y hasta la década de 1960, agricultura de secano y ganadería extensiva fueron los principales sustentos de la sociedad rural en la serranía de Guadalajara. La agricultura concentra su actividad en períodos muy concretos como son la siembra y la recolección, pero deja grandes huecos en el calendario. La ganadería complementa bien a la agricultura y, en las zonas de Serranía, el ganado ovino extensivo era la mejor alternativa. El mantenimiento de pequeños rebaños facilitaba a la población agrícola disponer de un complemento, tanto nutricional como económico, a la agricultura, y la mayor parte de los agricultores mantenían pequeños rebaños.

En el cuidado del rebaño participaba toda la familia. Los niños y niñas a menudo sacaban a las ovejas o corderos a pastar y sus madres aprovechaban la lana haciendo colchones o hilando y tejiendo en las largas horas del invierno, junto a la lumbre o hablando con las vecinas. Las ovejas no se ordeñaban y cada familia tenía una o varias cabras. Unas salían con las ovejas y otras en el rebaño comunal (o dula) cuidadas por un cabrero.

El ganado se guardaba en parideras, construcciones de piedra y madera, de baja altura, donde se encerraban las ovejas. Constaban de una nave cerrada y un corral exterior. Cada ganadero tenía una o varias en distintas zonas del pueblo. Los rebaños en el pueblo eran numerosos, pero de pequeño tamaño, como lo demuestra que en Alcolea del Pinar haya más de 50 parideras en unas 2.000 hectáreas. Donde en tiempos pasados había de 2.000 a 4.000 ovejas hoy apenas queda un rebaño con 800 cabezas.

El sistema para reconocer los animales de cada rebaño era el marcaje. Como las ovejas han de esquilarse todos los años este no podía hacerse a fuego como en vacas y équidos, utilizándose marcas de pez. Cada ganadero, o familia, tenía su marca, que estampaba en el costillar de las ovejas mediante un hierro llamado empega, que se impregnaba con pez caliente, operación que debería repetirse cada año después del esquileo.

Las empegas consisten en un hierro con un mango de madera que termina en una letra o señal. Existían marcas de diversos tipos, las más frecuentes son una inicial simple del nombre o apellido del propietario, pero otras muestran signos más complejos formados por varias letras. También son frecuente los símbolos religiosos como cruces, y otros más abstractos que, en algún caso, nos recuerdan a representaciones de dioses egipcios. La principal función de estas marcas es la de reconocer la propiedad del ganado, aunque algunos autores también atribuyen a estos símbolos propiedades protectoras o de amuletos, siendo considerados más antiguos que los que utilizan iniciales.

La colección etnográfica de la Casa Museo Máximo Rojo, de Alcolea del Pinar, dispone de 14 empegas diferentes procedentes de la zona, aunque se desconoce a los antiguos propietarios. En la mayoría de los casos el ideograma tiene un tamaño aproximado de 10 por 10 centímetros pero hay dos con un tamaño mucho más reducido. Probablemente se utilizaron para marcar objetos o bien para hacer marcas indelebles a fuego en frente o cuernos de los animales.

La utilización de marcas no se limitaba a la identificación del ganado, sino que servía también para marcar herramientas como hachas, azadas e incluso llaves. Hasta hace poco tiempo los trabajos comunitarios de los pueblos se hacían mediante las denominadas «hacenderas», que el Ayuntamiento convocaba y en las que los vecinos y vecinas participaban y compartían trabajo y herramientas, y el marcado de las mismas evitaba confusiones. También había marcas específicas para señalar los panes cuando se cocía en los hornos comunitarios. A veces se marcaban con el cuchillo y otras se estampaba la marca grabada en una madera a modo de sello.

Los aperos, cabezadas y collerones de las caballerías, básicamente mulas, a menudo se identificaban con la inicial del propietario, pasando de unos animales a otros, pero también de padres a hijos.

De la misma manera, y seguramente por el mismo motivo, es frecuente encontrar grabado en las puertas de las parideras el nombre del propietario junto con otras marcas y signos. De esta forma reivindica la propiedad del bien, por todos ya conocida, pero que se perpetua en las siguientes generaciones.

¿Esta costumbre era tan solo una forma de identificar la propiedad o también la de tener un sentimiento de pertenencia a una familia o una casa, como sucedía en el Pirineo navarro y aragonés e incluso en la vertiente francesa? Los habitantes de los pueblos han sido siempre celosos de la propiedad, que se transmitía de padres a hijos, y que, como los apellidos, daba sentido de pertenencia a la familia. Los parajes tienen nombres, topónimos tradicionales que se están perdiendo, y las parcelas o parideras reciben el nombre del propietario («cerrada del Andrés», «paridera del Tío Pascual», «Majada de Los García», etc.).  Nombres que, como las marcas y los apellidos, se transmiten de generación en generación.

Además del pueblo donde se habitaba, la familia era el núcleo de referencia y la pregunta al forastero sigue siendo la misma: «Y tú, ¿de qué familia eres?». Los nombres del primogénito se repetían generación tras generación e incluso el mote podía heredarse. La familia era el punto de referencia y todos estos símbolos permitían reforzar el sentimiento de pertenencia y la unidad del grupo en épocas difíciles donde la colaboración entre los habitantes de los pueblos era imprescindible. Dado que los matrimonios se producían a menudo entre vecinos del mismo pueblo, todas las familias terminaban estando relacionadas, creando una red social fuertemente cohesionada.

La pérdida de la población, la desaparición de la ganadería y el olvido de los topónimos y costumbres van de la mano. Las nuevas generaciones no tienen apego a la tierra ni a las tradiciones de los mayores, movidos por las nuevas tecnologías, a menudo incompatibles con la vida rural. Los habitantes actuales de los pueblos pequeños, muchos de ellos inmigrantes de otras culturas y nómadas digitales, no permiten mantener este conocimiento, sino que hacen de los pueblos pequeñas ciudades. Los museos etnográficos locales son el último reducto, a modo de bancos genéticos, para mantener el conocimiento de la cultura local y el sentimiento de pertenencia a la comunidad.

 

Jesús Carrizo Martín, licenciado en Biología y Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid, preside actualmente la Asociación Cultural de Alcolea del Pinar (ASCUA), que gestiona la actividad de la Casa Museo Máximo Rojo en esta localidad.

Para saber más:

Ariznabarreta Zubero A. 1991. La marca ganadera y su utilización como signo de vinculación entre la casa y su sepultura (El Pueyo de Jaca, Valle de Tena). Kobie. Antropología cultural, 5: 139-148.

Orduña Portús PM, Pérez Artuch AM. 2021. El marcado de ganado ovino roncalés: análisis de un discurso etnológico e ideográfico. Munibe Antropologia-Arkeologia, 72: 219-237.

Sardaña J, René R. 2009. Señales y marcas de propiedad del ganado en el Valle de Broto (Huesca). Geórgica: revista del espacio rural, 13: 39-61.