Lo que revelan los ‘papeles’
III. Indicios de primeras atenciones
¿Cómo, dónde, cuándo nacieron estos niños expósitos, cuyos destinos rastreamos en los papeles de la institución benéfica? ¿Quién asistía a la madre? ¿Por qué no se podía quedar con su hijo? En la mayoría de los casos topamos con un silencio cerrado. Nos hemos de contentar con indicios, con aquello que revela la ropa, un objeto religioso adherido a la ropa, el estado en que se encuentra el niño.
Pero no siempre es así puesto que algunos conductores entregaban al niño provisto de un papel con un mensaje acerca de sus orígenes. He aquí un caso cercano en el tiempo al nacimiento de Juan Bautista. El papel refiere los comienzos arduos del niño Pablo, nacido el 15 de febrero y bautizado el día después, la hermana de la madre hace de madrina. El 18 del mismo mes murió la madre, el primero de marzo Pablo se entregó al cuidado de la Inclusa de Madrid, con la promesa de que el padre lo sacaría pronto, presentando una copia de la misiva que acompaña al niño. Cabe preguntarse si no estaba el progenitor en condiciones de sufragar una nodriza en ese momento y no había una pariente o vecina que hubiera podido dar a la criatura su primer alimento. Sabemos que Pablo murió en Hontoba, Guadalajara, el 23 de agosto del mismo año, a cargo de la nodriza Juana Sainz.
¿Por qué importan estos testimonios? Importan ante todo para contrarrestar la visión simplificada muy asociada al tema de los expósitos: es la visión —difundida también por pinturas y obras literarias— de una madre, engañada y traicionada por un progenitor masculino irresponsable, angustiada por la miseria o temerosa de la furia de padre y hermanos y de lo que dirán las vecinas. Esta madre se ve forzada de mantener secreto el nacimiento de su hijo y, por tanto, lo abandona en el torno de una Casa Cuna. O bien busca el amparo de esa Casa de Maternidad, asociada a la Inclusa que permitía a las mujeres entrar ya algunas semanas antes de la fecha prevista —seguramente para camuflar su «interesante estado» (según la prensa del XIX)— y de dar a luz sin revelar su nombre.
Tales destinos se atisban en los registros y no son pocos. Si en los pueblos los nacimientos ilegítimos son excepción, en Madrid han dejado de serlo: en su nota demográfica sobre el Madrid del año 1849, Pedro Monlau contrasta 6.583 nacimientos legítimos con 1.853 niños nacidos fuera de matrimonio.
Pero ese escenario del parto solitario de madre soltera que acabamos de resumir no es ni mucho menos el único escenario posible. Los registros y papeles también nos hablan de niños cuya madre no pudo atenderles porque estaba ingresada en un hospital; que no tenía leche materna; que estaba desesperada porque acaba de morir el marido en el tiempo del embarazo, dando ella luz a un hijo póstumo. Otras se sintieron incapaces de poder con la carga de gemelos que acaban de nacer en contra de sus expectativas; o nos hablan de madres que prometen recuperar al niño cuando vuelva el padre de las Indias. Esta última se encontrará con más frecuencia en los libros de la Casa Cuna de Cádiz que en los que tratan de Madrid, claro está.
Apenas hay testimonios que hablen de hermanas, de tías o de abuelas. Donde existía esta red de apoyos que solía formar el parentesco femenino más cercano, suponemos, un niño no se abandonaba, por muy precaria que fuera la situación económica. En este sentido, un papel que hable de una tía carnal como lo hace el que presentamos aquí realmente constituye un caso excepcional. [Wolfram Aichinger.]