La Virgen está en todo
IV. Imaginarios colectivos
Don Quijote en su estancia por la Sierra Morena reza un millón de avemarías. ¿Y quién podría sacar la cuenta de todas las Vírgenes que miraban a sus devotos desde sus altares, desde el nicho de una pared, desde lo alto de una columna y desde las páginas de un devocionario? ¿Quién se atrevería a calcular las veces que su nombre fue invocado en oraciones, jaculatorias, en los momentos de mayores apuros: «¡Ave María Purísima!»? La Virgen no es una referencia abstracta, ni su impacto se limita a lo visual o lo puesto en palabras. Muchas campanas ostentan nombres marianos, sus metales son voces de la Virgen.
De este modo, todo en el pasado católico está impregnado por contenido religioso femenino, el mundo tangible tanto como el mundo de los sueños, fantasías y ensoñaciones. La noche antes de ser casada con un hombre de poco atractivo, para poner como ejemplo la desdichada Fortunata, heroína de la novela de Galdós, sueña con que la Virgen la une en verdadero matrimonio con su amante secreto. La gestación de su segundo hijo, fruto de ese amor prohibido, la vive al ritmo del ciclo anual de fiestas de la Virgen.
La inmediatez e intimidad la encontramos en las relaciones de partos milagrosos y en imágenes votivas. Los sucesos se perciben y cuentan como si la Virgen estuviera presente en el cuarto de parir, para aliviar dolores, para cuidar de la parturienta y dar primeras atenciones a la criatura.
Las fúnebres vivencias de las mujeres obligadas a parir en secreto y de los niños dejados por sus progenitores, se interpretan en clave religiosa: Las mujeres que daban a luz en la Casa de Maternidad de Madrid dejaron su nombre y apellido puertas afuera y se registraron por el nombre de la cama que ocupaban en los últimos días del embarazo y durante el puerperio. Son nombres todos derivados de advocaciones marianas: Concepción, Encarnación, Esperanza, Dolores, Soledad, Remedios, Rosario, Paz… El collar de los niños de la Inclusa —no pocos de ellos procedentes de la Casa de Maternidad— llevaba una imagen de María y un texto que rezaba: «R.P.N. [Ruega por nosotros] que recurrimos a Vos, oh, María, sin pecado concebida.»
O tomemos las impresionantes pinturas que conserva el museo del antiguo noviciado jesuita de San Luis de los Franceses en Sevilla y que en siglos pasados decoraban la Casa Cuna de la ciudad. Representan a niños adoptados por una segunda familia que es la Sagrada Familia, fajados por una nueva madre que es la Virgen. En cuanto a la Inclusa de Madrid, su nombre probablemente deriva de la imagen que se veneraba en la capilla pública de la casa, una Virgen que un soldado había traído de la ciudad flamenca de Enkhuizen: «Enkhuizen» quedó transformado en «Inclusa».
Se ha afirmado que el culto a la Virgen estuvo y está para sujetar y disciplinar a las mujeres, que fue inventado por una institución dominada por hombres. Tal vez fuera así. Sin embargo, cabe preguntar si las mujeres, tan sensibles, astutas e inteligentes en el pasado como en el presente, no fueron también capaces de moldear la imagen de María de acuerdo a sus preocupaciones, de crear un culto íntimo y personal, en consonancia con sus penas y alegrías convirtiendo a María en confidente, aliada y amparo de pecadoras. [Wolfram Aichinger.]