Diciembre 2020

Temprana evidencia pictórica de la hibridación entre poblaciones africanas y amerindias

La colonización de América se nutre muy tempranamente de población española, como siervos libres de la corona, y de población africana, como esclavos para las grandes plantaciones que se van desarrollando en la nueva colonia. La compleja historia geopolítica y socioeconómica de la hibridación entre nativos amerindios, españoles y africanos proporciona claves esenciales para comprender la extraordinaria variabilidad biológica de la mayoría de los países latinoamericanos hoy en día, especialmente de aquellos que, como Ecuador, incorporaron a sus elevadas densidades de población amerindia, previas a la conquista, importantes aportaciones de españoles y africanos.

Su proximidad a Centroamérica (Panamá), de donde partían los conquistadores y colonos españoles hacia el sur del continente, determinó que sus costas fueran recorridas por numerosos navíos, y que a partir del siglo XVI, en la norteña costa ecuatoriana de Esmeraldas, atracaran con relativa frecuencia navíos esclavistas que se dirigían hacia las haciendas del sur. Su accidentada geografía rocosa se asoció con una elevada frecuencia de naufragios que facilitaron la huida de los esclavos africanos y la fundación de numerosos asentamientos de afrodescendientes, destacando dos cacicazgos (la palabra «cacique» es taína), el de los Arobe, localizado en San Mateo y el de los Illescas, localizado en Atacamas. Ambos fueron fundados por esclavos africanos huidos —«alzados»— que lograron mantenerse libres muchos años y dominar extensos territorios gracias a su hibridación y colaboración con los indígenas de la zona.

El retrato de los Arobe (obra de 1559) que aquí se comenta es una imagen excepcional de las sucesivas uniones entre africano e india, que posteriormente, en el siglo XVIII, se empezaron a representar de manera más idealizada en los llamados «cuadros de castas», que representan a los descendientes de uniones entre africano e india, como «zambos», «cambujos» o «lobos».

Según narra el clérigo y cronista Cabello Balboa en su obra Descripción de la provincia de las Esmeraldas, el barco esclavista que llevaba a Andrés Maganche —capturado en la costa de Madagascar— naufragó en la zona de Esmeraldas hacia 1540. Maganche consiguió huir e integrarse entre los nativos amerindios de la zona de San Mateo, donde inició la saga familiar de los Arobe.

En la imagen aparecen retratados el hijo y los nietos de Maganche con la indicación de sus respectivos nombres y edades, y una dedicatoria para la Corte de Madrid: «Para Felipe 3, Rey Católico de España y de las Indias, el doctor Juan del Barrio de Sepúlveda, Oidor de la Real Audiencia de Quito, lo mandó hacer a sus expensas, Año 1599».

Su aspecto, indumentaria, adornos faciales y lanzas expresan la integración entre las tres culturas: amerindia, africana y europea. Referencia a su origen amerindio son las túnicas indígenas que visten («uncus») y las ricas joyas de oro con las que adornan sus rostros. Su pigmentación oscura y las lanzas con puntas de hierro sugieren su introducción en la zona a través de esclavos africanos. Finalmente, los sombreros, las lechuguillas en los cuellos y los encajes en los puños nos remiten a la usanza europea.

Es también significativo el origen americano tanto del pan oro utilizado en los ornamentos faciales como del pigmento azul utilizado en la vestimenta, obtenido de un mineral americano, la azurita, que resultó ser mucho más barato que el azul de Ultramar, y que en época de Felipe II se incorporó a la gama de azules de los pintores españoles.

A finales del siglo XVI los españoles, que ya tenían un puerto protegido en Ecuador (Guayaquil), resolvieron construir otro en la Bahía de San Mateo, situada en la costa norte de Esmeraldas. Conscientes de la escasez de tropas disponibles para su protección frente al elevado riesgo de invasiones de piratas y potencias extranjeras, decidieron contar con el apoyo de los «señores de Esmeraldas», ofreciendo un acuerdo a los Arobe, líderes del cacicazgo liberto de San Mateo.

Miguel Cabello había logrado la conversión al cristianismo de los Arobe, lo que aparentemente facilitó el buen entendimiento con las autoridades españolas, que cristaliza en el importante acuerdo que ilustra esta imagen y que podría haber contribuido al posterior acuerdo con Illescas.

La negociación mantenida entre el oidor de la Real Audiencia de Quito Juan del Barrio de Sepúlveda y Francisco Arobe establece que los cimarrones protegerían las costas frente a piratas y otras amenazas, y, a cambio, el rey de España, además de proporcionarles gran cantidad de regalos (vino, armas, vestimentas), les concedería un indulto general y el reconocimiento oficial del gobierno cimarrón. El acuerdo se cierra en 1599, año en el que el oidor invita a Francisco Arobe y a sus hijos a Quito, donde el artista Andrés Sánchez Gallique los inmortaliza. Es simbólico que el retrato se le encargara a un artista de origen indio o mestizo, perteneciente a la primera generación que se formó en la Escuela de Bellas Artes y Oficios de San Juan Bautista de Quito, fundada por un franciscano.

Se ha sugerido que con este acuerdo, el oidor pretendía convencer también a Illescas,  del otro gran cacicazgo, que había llegado como esclavo procedente de España, mucho menos asequible y considerado como la mayor amenaza en la región. Solo un año después, en 1600, Alonso Sebastián Illescas se presentó en Quito para pactar condiciones similares a las de sus convecinos.

En 1997 el Congreso Nacional de Ecuador institucionalizó por ley el 2 de octubre como Día del Afroecuatoriano y reconoció como Héroe Nacional a Alonso de Illescas, defensor de la autonomía y libertad de los pueblos afroindígenas.

 

Cristina Bernis es catedrática de Antropología Biológica de la Universidad Autónoma de Madrid y codirectora del Museo Virtual de Ecología Humana. Más información sobre esta Pieza del mes puede leerse en Gutiérrez A. 2012. «Nuevas aportaciones en torno al lienzo titulado Los mulatos de Esmeraldas. Estudio técnico, radiográfico e histórico». Anales del Museo de América, 20: 7-64.