Junio 2019

Estereotipos de género: el tatuaje en la Antigüedad y el mito de las amazonas

Tatuarse la piel era en la Antigüedad grecorromana signo, en general, de castigo, cuando hablamos de esclavos o criminales, marcados normalmente con una letra para indicar la pertenencia a otro («seruus litteratus», en Plauto, en alusión al esclavo marcado con una letra) o su crimen (es el mismo uso del número tatuado en los brazos de los judíos internados en los campos de concentración nazis). De hecho, un tatuaje en Roma era un signo infamante y, por ello, solía ocultarse o borrarse.

Sin embargo, tanto los romanos como antes los griegos se encontraron con pueblos ajenos a su cultura que usaban el tatuaje como forma de afirmación positiva dentro de su grupo social, de modo que un tatuaje se traduce en esos pueblos como signo de honor: así ocurre con los tatuajes de los sacerdotes y sacerdotisas egipcios, de carácter ritual; o con los «espantosos», en boca de Julio César, dibujos que ostentaban pintados en su piel los guerreros pictos británicos, hombres y mujeres, que luchaban completamente desnudos y cubiertos de tatuajes con un sorprendente color azul: «Omnes vero se Britanni vitro inficiunt, quod caeruleum efficit colorem, atque hoc horridiores sunt in pugna aspectu» (Gall. 5, 14): «Todos los británicos se pintan con una pasta que les da una coloración azul y por eso tienen un aspecto espantoso en la lucha», dato perfectamente recogido en la historieta gala Astérix y los pictos (2014).

  • También los griegos (en especial, el historiador Herodoto) se refieren a otras culturas donde los tatuajes manifestaban una ideología guerrera, posiblemente incluso estaban ligados a cierta jerarquía dentro de la tribu y, además, los guerreros y guerreras que se los grababan les atribuían una fuerza anímica interior, aparte del poder de asustar a los enemigos. En concreto, los griegos hablan de las tribus nómadas de los escitas, al este del mar Negro, cuya ideología guerrera se expresaba en diseños complejos y abundantes con serpientes, caballos, animales salvajes y fantásticos en actitud de lucha. Sabemos que esos tatuajes los llevaban tanto hombres como mujeres. Lo confirma el reciente hallazgo de la momia de una mujer escita en el Cáucaso en buen estado de conservación y que tiene unos 2500 años, en una tumba en la que se encontraron también seis caballos con sus arreos y sillas. Lo excepcional del descubrimiento no es que sea de una mujer (hay más tumbas de mujeres guerreras escitas), sino su buen estado de conservación y la nitidez, profusión y complejidad de tatuajes que recorren todo su cuerpo, en especial, la figura cérvida de su hombro izquierdo. Además, los análisis efectuados a los restos han revelado que la mujer padecía un cáncer y que entre los alimentos dejados en la tumba había cannabis, lo que ha hecho suponer al equipo de médicos y arqueólogos que esta mujer consumía esta hierba para aliviar el dolor que le produciría la enfermedad, como puede apreciarse en el vídeo The Princess of Ukok, en el que se pueden conocer los detalles del descubrimiento y el estado actual de la momia.

Junto a los escitas, los griegos han dejado testimonio de que el pueblo tracio, al norte de Grecia, usaba tatuajes con fines ornamentales e incluso para indicar una ascendencia noble. Este pueblo usaba diseños lineales y figuraciones florales, menos elaborados que los de los escitas. También hay testimonios cerámicos de algunas representaciones femeninas con tatuajes bélicos. En el caso particular de las mujeres escitas, hay una serie de características que recuerdan en el imaginario occidental a la figura mitológica de las amazonas: eran nómadas, guerreras, diestras con el caballo y con las armas, sin signos de culto de fertilidad, y rendían homenaje a sus cualidades guerreras antes que a su condición de mujer. A estos datos del pueblo escita, habría que añadir que ciertas representaciones cerámicas atenienses representan a las amazonas vistiendo ropas masculinas o al menos ropas que las cubren a la manera escita (con pantalón), y representaciones que simulan tatuajes en brazos y piernas de la guerrera. Así parecen indicarlo las dos imágenes que ilustran esta Pieza del mes.

La primera de ellas (que se muestra más abajo), corresponde a un plato ateniense de figuras rojas, fechado en 525-475 a.C. y conservado en el Museo Británico (reproducida por cortesía de esta institución, pieza E 135), que representa supuestamente un guerrero escita en actitud de correr: lleva arco y carcaj, un gorro o casco que cae sobre los hombros y va completamente tapado con ropa que parece de camuflaje, con puntos y rombos, por lo que no habría que descartar que este fondo de plato (o tondo) represente una figura tatuada o pintada para la lucha. La segunda —con la que abrimos esta Pieza— es un ánfora de cuello ática, también de figuras rojas, conservada en el Museo Condée en Chantilly (Francia), fechada en el 540-400 a.C y atribuida a Aison por Beazley, y que representa la lucha de amazonas y griegos (Hipólita luchando contra Teseo). En ella pueden reconocerse algunos aspectos comunes a la figura anterior: mujeres armadas para la lucha, en este caso con lanzas, una de ellas además representada en la lucha a caballo, lo que reconocemos como propio de la cultura escita, y la de la izquierda con un gorro escita o casco que le cae sobre los hombros, y una vestimenta larga que, sin embargo, deja al descubierto piernas profusamente pintadas o tatuadas.

Aunque no tenemos datos irrefutables, no parece imposible pensar que las mujeres guerreras del pueblo escita, acostumbradas a la dureza de una vida nómada y de lucha, y diestras en la cría equina, procedentes de las brumosas tierras del ponto Euxino (mar Negro) y por ello poco conocidas para los griegos, estén en el origen de la creación mítica de la figura belicosa y salvaje de la amazona, que adquiere rasgos asociados a la masculinidad de la época, entre los cuales se cuenta el tatuaje o la pintura de brazos y piernas, como signo de su pertenencia a una élite guerrera, en detrimento de aquellos atributos que los griegos asociaban a la feminidad.

 

Rosario López Gregoris es profesora titular de Filología Latina del Departamento de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Madrid y secretaria académica del Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la UAM.