Biberón de terracota y alimentación del lactante humano

400[a C]-301[a C]. Recipiente en forma de pecho femenino. Apulia (Italia). © Museo Arqueológico Nacional

Biberón de terracota y alimentación del lactante humano

Biberón en terracota, adornado con motivos vegetales y animales, símbolo de los primeros meses de vida del neonato. Estos primeros meses constituían un momento crítico vital, ya que la criatura se veía expuesta a diarreas, infecciones y con frecuencia a una dieta inadecuada. El biberón ofrecía al pequeño leche de cabra, agua endulzada con miel y alguna otra infusión caliente, pero solo se usaba como complemento al pecho o cuando la madre moría en el parto, pero en este caso se buscaba una mujer con leche: en Grecia la lactancia materna se practicaba en todas las clases sociales (Andrómeda, esposa de Héctor, amamantaba a Astianacte, cuenta Homero), porque se tenía la creencia de que la sangre del padre se transformaba en esperma, que por cocción (se le consideraba un elemento caliente) transformaba la sangre menstrual de la mujer en leche para el feto, que así recibía la herencia paterna (así se explica la concepción en Aristóteles y los Tratados Hipocráticos).

En Roma, sin embargo, las mujeres patricias se negaban a dar de mamar a sus crías para no ver sus pechos estropeados y en ese caso sí buscaban nodrizas con leche. Las nodrizas griegas, por su parte, tan presentes en la iconografía y la literatura, realizaban tareas de cuidado y aseo, como darles el biberón, pero rara vez amamantaban a los niños. Solían ser de edad avanzada, lo que impedía que pudieran dar de mamar. La leche sustituta de la materna en Grecia era la de cabra, que se solía cocer antes de su ingesta. La leche de cabra era la más fácil de conseguir, dadas las condiciones orográficas del país (muy montañoso); un mito muy extendido cuenta que Zeus fue amamantado en Creta por la cabra Amaltea, lo que da idea de lo popular que era esta leche.

La infancia en la Antigüedad era una época de incertidumbre y de difícil supervivencia, que pocos y pocas lograban superar. Por ello, muchos recién nacidos no recibían nombre en las primeras semanas y las madres procuraban no vincularse emocionalmente a los pequeños de los que se tenían que despedir muy a su pesar prematuramente.

 

Rosario López Gregoris es profesora titular del Departamento de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Madrid y Secretaria Académica del Instituto de Estudios Universitarios de la Mujer de esta universidad.